jueves, 30 de enero de 2014

Tres falacias acerca de la corrupción y por qué falla la transparencia


Carlos Sabino
Profesor de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala


¿Quién no está contra la corrupción? Todo el mundo critica la apropiación de fondos públicos.   Pero   las exhortaciones para que cese este mal y se castigue a los culpables   no tienen   mucho efecto y derivan  en medidas que no poseen la menor capacidad real para combatirlo. Estos  se apoyan en razonamientos equivocados, en falacias.

Primera falacia: Hay que crear leyes y reglamentos que controlen   el gasto que se hace desde el gobierno. La experiencia muestra que la mayor parte de estos controles se convierten,   en requisitos burocráticos que los corruptos saben eludir con soltura, mientras se impone una pesada carga de ineficiencia a los funcionarios honestos y se dificulta el avance de los asuntos públicos. El corrupto tiene a su disposición buenos abogados –que puede pagar- y actúa de mala fe.   Los casos que se pueden procesar  son pocos, resultan difíciles de demostrar y recaen en funcionarios que lucraron con fondos del estado sin poner mucho cuidado con lo que hacían. No es con un exceso de leyes o complicados reglamentos que se puede vencer o reducir la apropiación de los dineros públicos.

Segunda falacia: Las fuertes penas disuaden a los potenciales corruptos de cometer actos ilícitos. El funcionario que se apropia del dinero de los demás confía en que no será atrapado por sus acciones. Poco le importa, pues sabe que una maraña de jueces, testigos, documentos amañados y argucias legales lo absolverá. El corrupto,  posee mucho dinero y le es fácil moverse   en un sistema donde también hay muchos otros corruptos que serán sus cómplices potenciales.

Tercera falacia: Nuestros países no progresan por causa de la corrupción. Ni la historia ni el análisis del gasto público confirman en absoluto esta afirmación. Gran parte del dinero público es gastado imprudentemente -casi siempre se dice con las mejores intenciones- y retarda más bien el desarrollo económico. La mayor parte del dinero que recibe el gobierno es gastado en burocracia, en la realización de actos y eventos públicos que de poco sirven, en subsidios que crean privilegios pero no mejoran la calidad de vida, en programas sociales que se convierten en desaguaderos de inmensas sumas y no combaten ni la pobreza ni la desigualdad, pero sí alimentan las ambiciones políticas de altos funcionarios, con empresas públicas que prestan malos servicios y arrojan constantes pérdidas.   No es combatiendo la corrupción que se logrará el desarrollo – muchos países han avanzado económicamente de modo notable a pesar de ser muy poco transparentes- alentando las inversiones, dando seguridad a la propiedad privada, cobrando impuestos razonables y controlando el volumen y la orientación del gasto público.

¿Qué hacer entonces? La solución no es sencilla,  pero existen dos maneras directas de controlar y reducir la corrupción: limitando la acción del estado a lo que es esencial y movilizando a la ciudadanía para imponer un control social sobre los corruptos.

Paraguay, en estos días, nos ha dado un magnífico ejemplo de cómo puede ejercerse el control social sobre los corruptos: restaurantes, cines y toda clase de comercios se han negado a atender a los senadores que protegieron a un colega acusado de un claro caso de corrupción.  De este modo los paraguayos han mostrado a los funcionarios y políticos de alto rango –que al fin y al cabo son nuestros empleados- el repudio que sentimos cuando usan para su propio beneficio los recursos que, mediante nuestro trabajo, hemos aportado al gobierno a través de nuestros impuestos.


La pregunta es obvia, como andamos en casa, como anda este tema en el país?